miércoles, 16 de septiembre de 2015

El desamor y otros imposibles (artículo)


                                   

Dicen que cuando estás enamorado no importan las despedidas, ni el tiempo que pase, ni lo que ocurra entre medio; no importa que te jure que se acabó o que te mande al infierno, ni siquiera importa si ha conocido a otra persona. Cuando el sentimiento es verdadero, siempre encuentras la manera de mantener viva la esperanza. Es algo inconsciente y muchas veces en contra de nuestra voluntad. Ves señales por todas partes. Señales que te llevan a esa persona, a ese lugar, señales que imaginas, o no, quizás son reales. Quizás exista esa energía común que hace y deshace cuando menos lo esperas y más lo necesitas. Y quizás, también, pase que ya no vuelva nunca más, pero tú, tú te empeñas en seguir esperando.

Este escrito va por esas personas que lo dejarían todo, si él, si ella, les dijera: ven; por las que se beben de un trago canciones melancólicas sin dudar, mientras caminan por la calle recordando lo que fue, imaginándose lo que podría ser; por esas personas cuyo destino no depende de ellas, sino de una llamada desesperada, de un encuentro fortuito y tantas veces soñado; por las que viven a la espera de un regreso necesitado, que llega con retraso; por esas personas que se han olvidado de lo más importante: el amor propio.

El desamor es traicionero y todo nuestro alrededor está metido en el ajo. Novelas de amores heroicos, canciones nostálgicas, películas soñadoras… nos empapan de historias, canciones y sentimientos en los que hay amores que matan, y los que no, nos rescatan, convirtiéndonos en títeres de la espera, la frustración y la desolación. Y es que en el fondo, necesitamos creer que sí, que el amor está por encima de todo, que es capaz de dejarnos sin aire y que cuando se acaba, tú, yo, nosotros, dejamos de ser. Pero la realidad es que nadie, absolutamente nadie, muere de amor.

Es cierto. No te engaño. No existen amores que maten, ni amores que nos rescaten, no existen porque el único amor capaz de hundirte o salvarte es el de uno mismo. La buena noticia es que, como es tuyo, tú decides qué hacer con él. Hay decisiones que nos acompañan toda la vida y por eso, elige tú, no vivas esperando a que te elijan. No busques a quien no hace nada por encontrarte, no sigas apostando por quien no apostó por ti, pero sobre todo, no quieras morir por quien quiere y puede vivir sin ti.

Este escrito va por ti. Tú que de tanto pensar en él te has olvidado de ti. Tú que subastas tu amor al menor postor, sin miramientos, ni condiciones. Todavía tienes una opción: quiérete. Quiérete a ti más que a nadie. Conócete y deja de preocuparte por los que no se dejaron conocer. Y, apuesta por el amor más leal de todos los amores. Todavía tienes esta opción. La opción de optar por ti.
  

“Porque sin ti, sin ti lo soy todo”


Por: Bárbara Esteban

lunes, 3 de agosto de 2015

La noche eterna - Love of Lesbian

A lo largo de la vida escuchamos miles de canciones, pero solo unas pocas tienen la capacidad de pasar a formar parte de nuestro ser. A veces no es simplemente la letra o simplemente la música, sino lo que la canción nos hace sentir desde el momento en el que empieza a sonar. El mundo paralelo al que nos transporta independientemente de cuál sea el mundo real en ese momento. La luz que nos transmite incluso cuando estamos sumidos en la más inmensa oscuridad.



¿Siempre va a ser así?
¿Siempre va a ser así?
Si va a ser siempre así,
quiero poder decidir... 

Luz aural, vuelve a mí.

domingo, 26 de julio de 2015

Breve guía de emociones.


 
Si me haces daño no solo me quedará una cicatriz, sino que me romperé. 
Si me fallas no solo me decepcionaré, sino que ya nunca volveré a confiar en ti.
Pero si me quieres no solo me harás feliz, sino que además te querré todavía más. 
Y si me recuerdas no solo te lo agradeceré, sino que a cambio yo nunca te olvidaré.

K.

sábado, 11 de julio de 2015

Escribo, luego existo.

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Realmente no estaba entre mis planes retomar este blog. Pero lo cierto es que si no lo cerré del todo fue porque en el fondo yo sabía que volvería, que mis palabras por estos lares todavía no habían llegado a su final. Y hoy la vida me ha traído de nuevo hasta aquí. Y digo la vida porque no se me ocurre otra palabra más inmensa y acertada para definir las circunstancias que han devuelto a mi espíritu la necesidad de escribir, otra vez.

Normalmente, cuanto más complicado de expresar es un sentimiento, más se consume el alma de la persona que se encuentra presa del mismo. Como no logramos encontrar las palabras adecuadas para definirlo, los demás no nos entienden y nos hacen dudar de la veracidad de nuestras emociones. Nos perdemos en nuestras propias divagaciones y distorsionamos el eco del corazón, que ajeno a ese vendaval de dudas ha seguido emitiendo sus mensajes con toda su intensidad. De modo que a pesar de la incomprensión, seguimos atados a los mismos sentimientos y encima estos se presentan con más fuerza que nunca. Peor imposible.

Por suerte, existen una serie de vías de escape que nos ayudan a canalizar esa avalancha de emociones no expresadas. Cada persona encuentra la suya propia, y cuando la encuentra logra por fin liberarse de las cadenas que mantenían retenida a su imaginación. En mi caso debo decir que esa vía siempre ha sido y será la escritura. Cuando me siento frente a la pluma o frente al teclado, algo en mí cambia. Es como si me transformara en todo aquello que tengo miedo de ser, en todo aquello que me gustaría vivir, en todas las personas a las que he amado o en todas esas palabras que debería haber dicho pero que en cambio se perdieron en el tiempo. Cuando escribo siento que puedo volar. Los problemas parecen menores porque de repente todo lo que siento, todo aquello que para otros a lo mejor sonaba ridículo, aparece por fin transparente frente a mis propios ojos. Cristalino como el agua. Irrefutable.

Los motivos que me han llevado a reencontrarme con la escritura son amplios. Quizás comente algunos de ellos más adelante. Hoy solo diré que he vuelto porque necesito reconciliarme con la parte perdida de mi ser. Porque me arrebataron trozos de mi alma que parecían irrecuperables, hasta que recordé que solo de esta forma sería capaz de traerlos de vuelta. Muchas veces escribimos para ser leídos, pero en este caso yo escribo para encontrar la paz. Escribo para volver a nacer. 


miércoles, 19 de marzo de 2014

Sueña, es gratis.

Desde hace un tiempo que nada es igual. Los sueños van y vienen, y vienen y van. Se desvanecen y se vuelven a fabricar. Se desintegran, se pierden, se evaporan... para luego regresar, regresar más vivos que nunca. Se adentran en la oscuridad para luego resurgir y volver a brillar. Y entre todo eso, yo. Yo que a veces no sé ni donde meterme, dependo de mis sueños. Ellos me manejan a su antojo. Me elevan hasta llevarme a las nubes y también me hunden bajo tierra. Ojalá pudiera decir "no, yo no quiero soñar esto". O "este sueño no me conviene, es muy difícil, lo voy a olvidar". Já. Como si fuera tan fácil... 

Esos que dicen que no hay que perder el tiempo en imposibles, que no hay que gastar la vida persiguiendo un sueño, que hay que tener los pies en la tierra... esos no tienen ni idea. O quizás es que no tienen buenos sueños por los que luchar. Que sí, que también tienen parte de razón. Es verdad que a veces soñar de más es malo, y que a veces los sueños se pueden convertir en pesadillas. Pero si no soñamos, ¿qué nos queda? Poco menos que nada. Porque a veces un solo sueño, por muy absurdo que parezca, o por muy difícil que se antoje, puede ser tu inspiración. Tu motivo para continuar. Tus ganas de seguir adelante. Tu luz, tu fuego. Pero sobre todo, se nos olvida lo más importante: ¿y si el sueño se hace realidad? Ah, amigo mío... solo si sigues soñando podrás descubrir el genial misterio que hay detrás de un sueño hecho realidad.