sábado, 5 de marzo de 2016

Sin querer.



Sin querer te encadenas a recuerdos que luego ni queriendo eres capaz de olvidar.
Sin querer edificas sueños sobre muros que solo existen en tu imaginación.
Sin querer escribes cuentos de los que crees ser el autor, pero que escribe a solas tu corazón.
Sin querer quieres con toda tu alma, aun sabiendo que entregar tu alma por completo es arriesgado.
Sin querer te ilusionas, sin querer te enamoras, sin querer vuelas alto.
Del mismo modo que sin querer te desilusionas, sin querer naufragas, sin querer te estrellas.
Pero al igual que sin querer tomaste un rumbo equivocado, solo si tú quieres podrás retomar el camino de vuelta a tu hogar. A tu refugio. A ese lugar donde todo ocurre solo cuando y como tú quieres. A ese lugar donde aprendes a quererte a ti mismo. Y solo entonces es cuando, sin querer, vuelves a querer de verdad. 

K

martes, 1 de marzo de 2016

El absurdo de las comedias anti-románticas

Acabo de venir de ver una película tan grotesca y tan poco agradable, que tengo la imperiosa necesidad de escribir al respecto, a pesar de que quizás sea una entrada un poco diferente al estilo habitual de este blog.

Me encanta el cine. Como seguramente le ocurra a la mayoría de la gente, uno de los motivos por los que tanto me gusta es porque me permite evadirme y sumergirme en mundos de fantasía y aventuras a menudo más divertidos que el mundo real. Me permite acceder a lugares en los que me gustaría vivir, a tiempos en los que me gustaría haber nacido, a sentimientos que me gustaría experimentar y a sueños que me gustaría ver cumplidos en mi realidad. Porque en lo que se refiere a darnos material para crear sueños, la fábrica de Hollywood es experta. Nos suele enseñar relatos perfectos en los que todo parece salir bien, relatos en los que a cualquiera le gustaría ser protagonista. Dentro de esa corriente de perfección casi celestial, el género que quizás se centre más en dicha idea es el de la comedia romántica. Y de comedias románticas y otros sucedáneos es de lo que quería hablar hoy.

Toda la vida han existido las típicas películas en las que se nos presenta una historia de amor entre dos personas que están destinadas a estar juntas, siendo ese el final del filme en un 98% de las veces. Por supuesto a lo largo de la trama solemos presenciar algún que otro bache entre ambos protagonistas, por eso de intentar darle un cierto toque de realismo a la historia. Pero no importa qué tan lejos esté Romeo de su Julieta, no importa que el mundo se acabe al día siguiente o que haya un tercero en discordia (normalmente este sujeto suele acabar solo y desamparado, pero ya se encargan los guionistas de enseñarnos antes lo mala persona que es para que así su mala fortuna no nos produzca otra cosa sino satisfacción). Nada de eso importa, porque desde el minuto 1 ya sabemos el final: vivirán felices y comerán perdices. 

No podemos negar pues que en cuanto a originalidad no tienen mucho que aportarnos. Pero eso ya lo sabemos los fieles seguidores de este género, y quizás por eso nos encanta. Si bien debo admitir que he tenido épocas de no querer verlas ni en pintura, al final siempre termino acudiendo a este tipo de películas, ya que mi condición de soñadora y romántica empedernida me lleva a ello irremediablemente. Es por eso que, viendo los tiempos que corren, me veo obligada a defenderlas. Con cierta desilusión, me he dado cuenta de que últimamente existe una especie de campaña en contra de las tradicionales historias románticas del cine. Estamos presenciando un despunte de lo que yo llamaría "comedias anti-románticas". 

Las comedias anti-románticas son todas esas películas hechas para burlarse de los mensajes de amor que toda la vida nos han aportado sus archienemigas las comedias románticas. Para ello, este cada vez más popular subgénero de cine (y de series) nos enseña historias "reales" en las que se deja de un lado el componente sentimental de las relaciones para pasar a centrarse en las partes más banales y superficiales de las mismas, ridiculizando al mismo tiempo cualquier tipo de atisbo del romanticismo. Nos pretenden transmitir que toda idea concebida previamente sobre las historias de amor es falsa e irreal. Que el amor no es siempre color de rosas y que casi nunca acaba bien. Que en la vida nunca hay finales felices, y que por tanto así deben reflejarlo las películas. Pero yo no podría estar más en desacuerdo con esta filosofía. 


Es cierto que el amor no es fácil, y que a menudo puede provocar más sufrimiento que alegría. Pero eso no quita que cuando funciona, el amor es quizás uno de los sentimientos más mágicos que puede llegar a experimentar el ser humano. Por eso yo me pregunto: ¿por qué eliminar el factor positivo del amor en el cine? ¿Por qué centrarnos solo en las versiones "realistas" del amor? ¿Por qué no puede ser verídico un final feliz? ¿Por qué nos venden la idea de que los cuentos de hada no pueden ser reales? 
 Yo sí creo que esas historias de amor cinematográficas pueden existir. La realidad siempre termina superando a la ficción. Y aunque a veces sean historias extremadamente fantasiosas, no me digáis que ninguno habéis deseado alguna vez un final hollywoodiense en el que acabáis con el chico o la chica de vuestros sueños enredado/a en vuestros brazos. Todos queremos lo mismo, aunque no todos lo admitamos. 
En un mundo tan impersonal y a veces desalentador, estas historias pueden suponer un rayo de luz para muchos. Así que dejadnos en paz si nos gusta soñar con cosas bonitas. No nos convencerán de hacer lo contrario por muchas películas anti-amor que hagan. Y que no intenten matar nuestros sueños solo porque estos parezcan complicados.

Termino esta entrada  con una escena sublime de Cuando Harry encontró a Sally (1989), uno de los referentes de la comedia romántica de todos los tiempos. 


K.


martes, 23 de febrero de 2016

Viento de cara - Supersubmarina



Te busco en el hueco que queda en mi alma,
tan frío y profundo que no encuentro nada.
Quisiera volverme invisible
y colarme esta noche en tu cama.

Me acuesto a la sombra de un árbol sin ramas,
las dudas y el miedo me sirven de almohada.
Dormirme sería imposible,
la hierba me escuece en la cara.

Que cada vez que te vuelva a mirar
me resulte más fácil morir
que obligarme a decir la verdad.

Rayo que no cesa, mar en calma.
Faro entre la niebla, viento de cara...

La Luna se asoma y parece de plata,
el Sol le hace frente al llegar la mañana.
Quisiera que fuera invencible
y que nunca jamás se apagara.

Que cada vez que te vuelva a mirar
me resulte más fácil morir
que obligarme a decir la verdad.

Rayo que no cesa, mar en calma.
Faro entre la niebla, viento de cara...


lunes, 22 de febrero de 2016

En lo platónico.




En verdad hay sentimientos que es mejor que se queden en lo platónico. Y es mejor recordarlos así, irreales, inacabados, porque eso es lo que los hace perfectos.

Gabriel García Márquez

lunes, 8 de febrero de 2016

One Art (Un arte)



The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

—Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.

Elizabeth Bishop


(Traducción)
El arte de perder no es difícil de dominar.
Tantas cosas contienen el germen 
de la pérdida, que perderlas no es un desastre. 

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la parada siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, ¡y mira! Desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, un gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil de dominar,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.