sábado, 1 de octubre de 2016

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"Al final todo saldrá bien, y si no sale bien es que aún no es el final".

sábado, 17 de septiembre de 2016

Dejar ir... o no.



Todos sabemos lo importante que es saber pasar página. Seguir adelante. Dejar ir. Numerosas canciones y numerosos versos han sido escritos dándole vueltas a este tema. Y es que cuando algo termina, de poco sirve intentar buscar el siguiente capítulo. Cuando algo no tiene sentido, menos sentido tiene seguir dándole importancia. El problema es que no siempre sabemos o no siempre queremos identificar el final. El final de los sueños. De las historias. De las relaciones. De las etapas. Pero quizás es más común aún el hecho de que aunque sí sepamos o sí queramos, lo que no sabemos o no queremos es vivir con la posterior ausencia. Y es por eso que nos aferramos. Nos aferramos con todas nuestras fuerzas, porque preferimos vivir con una falsa ilusión que asumir definitivamente que ya no hay nada que hacer. 

Sin embargo, también conviene considerar esta idea de otro modo. "Ya no hay nada que hacer" o "está perdido" son frases demoledoras. Y el ser humano, por lo general, necesita pensar en positivo, necesita alimentar su alma con esperanza. Es casi un mecanismo de supervivencia. Vivimos en un mundo ya de por sí deshumanizado, así que si encima matamos las pocas ilusiones que tenemos, ¿qué nos queda? Además, hay que tener en cuenta que las cosas no siempre quedan tan claras. Los límites entre un 'adiós' o un 'hasta luego' no suelen quedar bien delimitados. La diferencia entre un 'nunca' y un 'quizás' tampoco es concluyente. Y es en esa preciosa incertidumbre donde reside la ya mencionada esperanza, esa inevitable compañera de vida que para bien o para mal, al final nunca nos abandona. 

Por eso hace falta un equilibrio. Ni dar todo por perdido a la primera, ni aferrarte con desesperación a causas perdidas. Lo importante es saber qué es lo mejor para nosotros mismos. La gente puede dar mil consejos, pero el mejor consejero que existe sin duda alguna es nuestra propia intuición. Decían en la mítica película Rocky Balboa (2006) que nada termina hasta que tú sientes que termina. Y así es. Aunque no siempre sepamos con exactitud en qué momento algo llega a su final, lo que sí podemos saber es cómo nos sentimos al respecto. Si tienes un sueño por el que lo has dado todo sin obtener resultados, por el que has sufrido en innumerables ocasiones, quizás seguir intentándolo solo te causará más dolor. No vale la pena. Pero si sueñas y en el camino te sirves de tus ilusiones para hacerte más fuerte, quizás no tengas por qué dejar ir ese sentimiento. Si sueñas y te enriquece, ¿por qué dejarlo ir? Quizás se cumpla, quizás no, pero soñar también puede servir para seguir adelante. Mañana podemos caer mil veces, nos pueden arrebatar mil cosas... pero el buen rato que hemos pasado hoy soñando no tiene precio. Porque efectivamente, soñar es gratis. Y que nos quiten lo soñado.

K.

viernes, 10 de junio de 2016

Soneto



Quien dice que la ausencia causa olvido
merece ser de todos olvidado. 
El verdadero y firme enamorado
está, cuando está ausente, más perdido. 

Aviva la memoria su sentido,
la soledad levanta su cuidado,
hallarse de su bien tan apartado
hace su desear más encendido. 

No sanan las heridas en él dadas, 
aunque cese el mirar que las causó,
si quedan en el alma confirmadas.

Que si uno está con muchas cuchilladas,
porque huya de quien lo acuchilló,
no por eso serán mejor curadas.

Juan Boscán

lunes, 16 de mayo de 2016

Vida.

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo. 
Después de nada, o después de todo,
supe que todo no era más que nada. 

Grito "¡Todo!", y el eco dice "¡Nada!".
Grito "¡Nada!", y el eco dice "¡Todo!".
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada
(era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada). 

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.



José Hierro

lunes, 9 de mayo de 2016

Señales

A menudo nos gusta pensar que existen las denominadas señales del destino. Cuando no sabemos qué debemos hacer, qué debemos esperar o qué decisión tomar, desearíamos que apareciera una providencial señal mágica en nuestra vida para aportarnos la respuesta. En este absurdo anhelo depositamos todas nuestras esperanzas, y nos creemos que cuando aparezca la señal correcta todas nuestras dudas desaparecerán. Pero no hay nada más lejos de la realidad. No hay cuento de hadas más ridículo que este.

Lo que realmente ocurre en esos casos, es que ya sabemos de sobra cuál es el camino que debemos tomar, pero algo en nuestro interior nos dice que no es el mejor. Quizás es el que deberíamos escoger, pero no es el que nos gustaría. Y como no nos gusta, nos agarramos a cualquier atisbo de luz que nos diga que en realidad lo que deberíamos hacer no es lo que el destino quiere que hagamos. Sin embargo, en el fondo sabemos que estamos perdiendo el tiempo. Porque ya sabemos exactamente qué es lo que tenemos que hacer, pero nos da miedo afrontarlo. Nos da miedo enfrentarnos a algo desconocido y equivocarnos. Nos da miedo que lo que debemos no coincida con lo que queremos hacer. Tememos que la razón gane al corazón, pero sabemos de sobra que el corazón tiene todas las de perder. Y la cruda realidad es que sabemos que tal señal solo llegará cuando nosotros estemos preparados para asumir lo que de verdad necesitamos en nuestra vida. 

Así que no hacen falta señales milagrosas del destino para alcanzar nuestras metas. Lo que hace falta es valor para fabricar nuestro propio destino.
                                                                                                                                                               
K.