sábado, 11 de julio de 2015

Escribo, luego existo.

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Realmente no estaba entre mis planes retomar este blog. Pero lo cierto es que si no lo cerré del todo fue porque en el fondo yo sabía que volvería, que mis palabras por estos lares todavía no habían llegado a su final. Y hoy la vida me ha traído de nuevo hasta aquí. Y digo la vida porque no se me ocurre otra palabra más inmensa y acertada para definir las circunstancias que han devuelto a mi espíritu la necesidad de escribir, otra vez.

Normalmente, cuanto más complicado de expresar es un sentimiento, más se consume el alma de la persona que se encuentra presa del mismo. Como no logramos encontrar las palabras adecuadas para definirlo, los demás no nos entienden y nos hacen dudar de la veracidad de nuestras emociones. Nos perdemos en nuestras propias divagaciones y distorsionamos el eco del corazón, que ajeno a ese vendaval de dudas ha seguido emitiendo sus mensajes con toda su intensidad. De modo que a pesar de la incomprensión, seguimos atados a los mismos sentimientos y encima estos se presentan con más fuerza que nunca. Peor imposible.

Por suerte, existen una serie de vías de escape que nos ayudan a canalizar esa avalancha de emociones no expresadas. Cada persona encuentra la suya propia, y cuando la encuentra logra por fin liberarse de las cadenas que mantenían retenida a su imaginación. En mi caso debo decir que esa vía siempre ha sido y será la escritura. Cuando me siento frente a la pluma o frente al teclado, algo en mí cambia. Es como si me transformara en todo aquello que tengo miedo de ser, en todo aquello que me gustaría vivir, en todas las personas a las que he amado o en todas esas palabras que debería haber dicho pero que en cambio se perdieron en el tiempo. Cuando escribo siento que puedo volar. Los problemas parecen menores porque de repente todo lo que siento, todo aquello que para otros a lo mejor sonaba ridículo, aparece por fin transparente frente a mis propios ojos. Cristalino como el agua. Irrefutable.

Los motivos que me han llevado a reencontrarme con la escritura son amplios. Quizás comente algunos de ellos más adelante. Hoy solo diré que he vuelto porque necesito reconciliarme con la parte perdida de mi ser. Porque me arrebataron trozos de mi alma que parecían irrecuperables, hasta que recordé que solo de esta forma sería capaz de traerlos de vuelta. Muchas veces escribimos para ser leídos, pero en este caso yo escribo para encontrar la paz. Escribo para volver a nacer. 


miércoles, 19 de marzo de 2014

Sueña, es gratis.

Desde hace un tiempo que nada es igual. Los sueños van y vienen, y vienen y van. Se desvanecen y se vuelven a fabricar. Se desintegran, se pierden, se evaporan... para luego regresar, regresar más vivos que nunca. Se adentran en la oscuridad para luego resurgir y volver a brillar. Y entre todo eso, yo. Yo que a veces no sé ni donde meterme, dependo de mis sueños. Ellos me manejan a su antojo. Me elevan hasta llevarme a las nubes y también me hunden bajo tierra. Ojalá pudiera decir "no, yo no quiero soñar esto". O "este sueño no me conviene, es muy difícil, lo voy a olvidar". Já. Como si fuera tan fácil... 

Esos que dicen que no hay que perder el tiempo en imposibles, que no hay que gastar la vida persiguiendo un sueño, que hay que tener los pies en la tierra... esos no tienen ni idea. O quizás es que no tienen buenos sueños por los que luchar. Que sí, que también tienen parte de razón. Es verdad que a veces soñar de más es malo, y que a veces los sueños se pueden convertir en pesadillas. Pero si no soñamos, ¿qué nos queda? Poco menos que nada. Porque a veces un solo sueño, por muy absurdo que parezca, o por muy difícil que se antoje, puede ser tu inspiración. Tu motivo para continuar. Tus ganas de seguir adelante. Tu luz, tu fuego. Pero sobre todo, se nos olvida lo más importante: ¿y si el sueño se hace realidad? Ah, amigo mío... solo si sigues soñando podrás descubrir el genial misterio que hay detrás de un sueño hecho realidad. 




jueves, 18 de julio de 2013

Verdades. Mentiras. Silencios.

A la hora de la verdad nunca decimos lo que desearíamos. Porque no es teóricamente correcto. Porque no estaría socialmente aceptado. Porque nos mirarían mal. Porque nos tomarían por locos. Porque podría estropear una amistad, un amor, una relación... o lo que sea. De modo que tenemos dos opciones: o callarnos o mentir. Malas las dos, pero no tanto como la verdad y todas sus consecuencias. Así al menos todo continúa con su estúpido orden establecido, las apariencias quedan intactas e impecables. Nada parece cambiar salvo nuestra conciencia, que se va consumiendo un poco más con cada mentira o con cada silencio que se ve obligada a interpretar. 

Solemos recordar perfectamente la última vez que nos vimos obligados a mentir. O la última vez que alguien se quedó mirando sin decirnos nada. Conocemos con claridad el sabor de mentiras que no debieron ser pronunciadas, y el dolor de un silencio con más significado que cualquiera de las palabras. Lo recordamos porque nos marca, nos deja huella. Nos fastidia mucho que las cosas no salgan como nos gustaría... pero, ¿de verdad una mentira nos parece en su momento mejor que la verdad? Claro que no. Pero por desgracia la razón suele ganarle al corazón, termina imponerse el sentido común antes que nuestros impulsos, esos que guardamos bajo llave dentro de nosotros y que con el tiempo terminan por perderse. Desaparecen, sin más. Se acostumbran a no salir, y al desvanecerse se llevan también nuestros sueños, nuestros deseos y por qué no, un poquito de nosotros mismos.

Así que ya sabes, la mitad de todo lo que escuchas son mentiras, y la otra mitad ni siquiera la llegas a escuchar. Y es que al final tenían razón: las cosas que no se dicen suelen ser las más importantes...

domingo, 18 de noviembre de 2012

Por el miedo.



Hay demasiadas cosas en la vida que no se llevan a cabo por el miedo al fracaso. Sueños inacabados, aventuras no iniciadas, esperanzas desbaratadas o incluso grandes amores no revelados. Se quedan en un simple “tal vez”, en una eterna posibilidad de algo que podría ser pero no es. Y no debería ser así. 
No tendríamos que tener reparos para expresar lo que sentimos, para hacer todo aquello que realmente tenemos ganas de hacer, para ser como realmente queremos ser. Basta de palabras desvanecidas, de miradas caídas al suelo, de ilusiones aparcadas y de pedazos de alegría no ensamblados. Basta de ese miedo que tantas veces no nos deja actuar. Que la vida son dos días y no sabemos si mañana tendremos tiempo para hacer lo que no nos hemos atrevido a hacer hoy. Que hay oportunidades que solo pasan una vez y que no podemos desaprovechar, porque después nos arrepentiremos de haberlas dejado marchar. Y si nos equivocamos, al menos que no sea por no haber luchado. Siempre será mejor intentarlo y fallar que no haberlo intentado jamás.

miércoles, 11 de julio de 2012

Imposible.

Y lo cierto es que por mucho que se intente, hay recuerdos que nunca se olvidan. Nunca.