jueves, 18 de julio de 2013

Verdades. Mentiras. Silencios.

A la hora de la verdad nunca decimos lo que desearíamos. Porque no es teóricamente correcto. Porque no estaría socialmente aceptado. Porque nos mirarían mal. Porque nos tomarían por locos. Porque podría estropear una amistad, un amor, una relación... o lo que sea. De modo que tenemos dos opciones: o callarnos o mentir. Malas las dos, pero no tanto como la verdad y todas sus consecuencias. Así al menos todo continúa con su estúpido orden establecido, las apariencias quedan intactas e impecables. Nada parece cambiar salvo nuestra conciencia, que se va consumiendo un poco más con cada mentira o con cada silencio que se ve obligada a interpretar. 

Solemos recordar perfectamente la última vez que nos vimos obligados a mentir. O la última vez que alguien se quedó mirando sin decirnos nada. Conocemos con claridad el sabor de mentiras que no debieron ser pronunciadas, y el dolor de un silencio con más significado que cualquiera de las palabras. Lo recordamos porque nos marca, nos deja huella. Nos fastidia mucho que las cosas no salgan como nos gustaría... pero, ¿de verdad una mentira nos parece en su momento mejor que la verdad? Claro que no. Pero por desgracia la razón suele ganarle al corazón, termina imponerse el sentido común antes que nuestros impulsos, esos que guardamos bajo llave dentro de nosotros y que con el tiempo terminan por perderse. Desaparecen, sin más. Se acostumbran a no salir, y al desvanecerse se llevan también nuestros sueños, nuestros deseos y por qué no, un poquito de nosotros mismos.

Así que ya sabes, la mitad de todo lo que escuchas son mentiras, y la otra mitad ni siquiera la llegas a escuchar. Y es que al final tenían razón: las cosas que no se dicen suelen ser las más importantes...

domingo, 18 de noviembre de 2012

Por el miedo.



Hay demasiadas cosas en la vida que no se llevan a cabo por el miedo al fracaso. Sueños inacabados, aventuras no iniciadas, esperanzas desbaratadas o incluso grandes amores no revelados. Se quedan en un simple “tal vez”, en una eterna posibilidad de algo que podría ser pero no es. Y no debería ser así. 
No tendríamos que tener reparos para expresar lo que sentimos, para hacer todo aquello que realmente tenemos ganas de hacer, para ser como realmente queremos ser. Basta de palabras desvanecidas, de miradas caídas al suelo, de ilusiones aparcadas y de pedazos de alegría no ensamblados. Basta de ese miedo que tantas veces no nos deja actuar. Que la vida son dos días y no sabemos si mañana tendremos tiempo para hacer lo que no nos hemos atrevido a hacer hoy. Que hay oportunidades que solo pasan una vez y que no podemos desaprovechar, porque después nos arrepentiremos de haberlas dejado marchar. Y si nos equivocamos, al menos que no sea por no haber luchado. Siempre será mejor intentarlo y fallar que no haberlo intentado jamás.

miércoles, 11 de julio de 2012

Imposible.

Y lo cierto es que por mucho que se intente, hay recuerdos que nunca se olvidan. Nunca.

jueves, 14 de junio de 2012

Día a día, recuerdo a recuerdo.

Nuestra vida se va formando y a veces ni siquiera nos damos cuenta. Sin embargo, si nos paramos a pensar un poco, vemos que somos lo que somos a causa de lo que hemos vivido. Momentos, detalles, palabras, personas, lugares. Pero al final, todo se convierte en recuerdos. Algunos de ellos siempre nos acompañarán, no importa cuánto tiempo pase. Otros son pasajeros y transitan a nuestro lado durante un tiempo, para luego marcharse y no volver nunca más. Y todos, a fin de cuentas, han formado o formarán parte de nuestro ser.

Y así transcurrimos. Vivimos intentando que cada día pueda convertirse en un bonito recuerdo que guardar, aunque lo cierto es que son pocos los días que quedan grabados a fuego como grandes recuerdos. En cualquier caso, no hay que desistir en el intento de vivir cada minuto como si fuera el último, no hay que perder nunca la esperanza, pase lo que pase. Y es que nunca se sabe qué inesperada situación puede convertirse en una imagen inolvidable para nuestro corazón.

jueves, 17 de mayo de 2012

Vida

A veces las cosas no hay que desearlas, ni mucho menos esperarlas. A veces lo único que hace falta es simplemente vivir. Dejarlo todo pasar, que sea la vida misma la que vaya abriéndose paso, siguiendo su curso. Pero siempre tener fe, nunca perder la ilusión. Entonces todo irá ocurriendo. Y por mucho que queramos pensar lo contrario, lo cierto es que al final terminará pasando lo que tenga que pasar.